
Soñé que andaba
con mi madre
en bicicleta a orillas
de un sembradío de arroz
en Saigón.
De Saigón no sé nada.
Salvo lo que Graham Greene me dijo –impasiblemente-
y lo que he visto
en un par de películas sobre Vietnam, incluido
un amante chino.
Mi madre y yo andábamos
en bicicleta. –tampoco sé andar
en bicicleta-, ella tiene puestos
unos pantalones cortos, siempre recordaré a mi madre con ellos.
Su blusa blanca y usa un sombrerillo de paja, típico del lugar.
De mí sé poco, sólo que veo la nuca de mamá en momentos y siento el aire que ella siente, mamá tararea una canción de Roberto Carlos. Y yo la veo libre y sonriente joven como nunca.
-uno siempre piensa en su madre como una cosa vieja, sagrada-
De repente pareciera que no vamos más en bicicleta. Pareciera que flotamos. El calor me hace sudar el cuello la gota que me corre me produce escalofríos, mamá voltea a mirarme y me sonríe, infinitamente más cercana, infinitamente mía.
Entonces sé claramente que va a morir.
Pero eso tampoco es un problema estamos en Saigón, no hablamos lo que sea que hablen, no comemos lo que sea que coman y somos libres.
El sueño que nos hace libres. El aire nos da en el rostro como nunca, vivo colorea el cuerpo entonces entiendo el viento y a la muerte. Me inspira y la huelo.
Mamá no detendrá la bicicleta.
Yo abriré los ojos sólo para sentir el aire el mismo de un lugar desconocido en la orilla de mi cama en un lugar recorrido.
Algún día habrá de llegar el tiempo, para ella y para mí. Estoy aprendiendo.
Llamo a Osvelia. Llamo a mamá.
-Te quiero Lola. Te quiero mucho.
Y Lola solloza. Y yo le cuelgo y no hay más que decir.
3 comentarios:
¿Qué demiurgo te concedió alas en los dedos para darle inconmensurabilidad a tus palabras?... brillante. Un abrazo del clan Andresino.
Qué bonito sueñas...
ouch, el de las liebres
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