sábado 12 de noviembre de 2011

Historias de Katmandú y otros infiernos.

Lloras a una pantimedia negra.

Puedes besar como enfermo un cepillo de dientes.

Dormirás abrazado a un calzón de lunares.

Tocarás hasta la masturbación el collar de cuentas multicolores.

Nada te detendrá para intentar impregnarte de la canción, del instante del primer roce, del beso, del momento que se eternizó por sólo dos segundos, el olor de su cabeza, la forma en la que se encoge al dormir, la sonrisa, la pelea de pies, el pene, la lengua.

Puedes raparte.

Puedes mudarte. Y entonces estarás como entonces enajenado por visiones de un demonio que se te enroscó en el ombligo y te semipudrió el alma. Y decidirás ser feliz pero no encontraras la forma.

Una mazmorra de oxidados y podridos recuerdos se te ciñe al estomago. Y dejas de intentarlo, cuelgas plantas, compras peces.

Caminas sin oler, te acomodas para no alborotar la náusea de su efímera perfección.

Estás nublado.

Te pones la pantaleta negra. No logras el orgasmo.

Un día te haces viejo olvidando.